Haftará Shemot

Jeremías 1:1 - 2:3


      "Nuestro llamamiento es incierto respecto al lugar, pues Dios llama a algunos de sus barcos, a otros de sus tiendas, a otros de detrás de sus mesas y a otros de la plaza del mercado… para que estemos seguros de que, sea donde sea que él nos llame, tenemos el deber de seguirle; el tiempo y el lugar no importan." (Juan Bunyan)

      ¿De dónde nos ha llamado el Eterno a servir en su ministerio? ¿A dónde estábamos antes de estar aquí, y ahora que estamos aquí, que haremos para entronizar el reino de Dios en la tierra? ¿Por qué no aceptamos el llamado del Eterno? ¿Cuál es temor que tenemos o sentimos? ¿Cuáles son las excusas que presentamos para no aceptar su llamado?

      Si hemos evadido su llamado y hemos presentado una y mil excusas para no aceptarlo, no se preocupe, no es el único, ni el ultimo y le aseguro que hay muchos como nosotros, a los cuales nos costó mucho trabajo reconocer la voluntad del Eterno para nuestras vidas, pero que al final aceptamos y estamos aquí firmes en su gracia.

     Así como sucedió con los personajes que estudiaremos en esta Haftará.


      "Y vino a mí la palabra del SEñOR, diciendo: Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones. Entonces dije: ¡Ah, Señor DIOS! He aquí, no sé hablar, porque soy joven. Pero el SEñOR me dijo: No digas: "Soy joven", porque adondequiera que te envíe, irás, y todo lo que te mande, dirás." (Jeremías 1:4-7 LBLA)

      Jeremías (Yirmiyahu, Irmiahu: "Adonay exalta"), hijo de Hilcías, era uno de los sacerdotes, residente en Anatot, tierra de Benjamín (1:1). No confundir con el sumo sacerdote Hilcías quien encontró el Sefer Torah ([libro de la Ley] 2 Reyes 22:8), pues si hubiese sido el mismo, se le hubiera dado el título: "el sumo sacerdote". Además, su residencia en Anatot, demuestra que pertenecía a la línea de Abiatar, depuesto del sumo sacerdocio por Salomón (1 Reyes 2:26–35), a raíz de lo cual esa función pasó a la línea de Sadoc.

      Jeremías profetizó al reino de Judá durante los reinados de Josías (640-609 AEC), Joacaz (609), Joacim (609-597), Joaquín (597) y Sedequías (597-587). Las palabras iniciales del libro (Jeremías 1:2) nos dicen que su ministerio comenzó en el año 627 AEC (Aprox.), el decimotercero del rey Josías. Jeremías recibió su llamamiento profético en Anatot (1:2); y juntamente con Hilcías el sumo sacerdote, la profetisa Hulda y probablemente el profeta Sofonías, contribuyó a llevar adelante la reforma religiosa emprendida por Josías (2 Reyes 23:1–25). Su obra, por lo tanto, cubrió 40 años, y coincidió con los últimos años del reino de Judá. Jeremías puede así ser considerado como uno de los profetas del exilio, juntamente con Ezequiel y Daniel, estos últimos desarrollaron su ministerio en Babilonia.

      Cuando Dios llamó a Jeremías, Josías (640–609 AEC), ya había introducido reformas religiosas (2 Crónicas 34:4-7) en los 13 años en los que había ocupado el trono de Judá. Pero no fue hasta el 622 AEC, en el decimoctavo año de su reinado, que inició una reforma sistemática en materia religiosa y moral en Judá (2 Reyes 23). Josías es sin duda, uno de los reyes más justos que la historia bíblica revela.

     La conexión entre la Haftará y Parashá Shemot, dentro de la tradición sefardita es evidente: tanto Moisés como Jeremías se resisten y se excusan antes de asumir su misión de profetas. Ambos arguyen que no pueden o no saben hablar.

  • Moisés dice que es: tardo en el habla y torpe de labios (Shemot 4:10)
  • Jeremías dice que: He aquí, no sé hablar (Jeremías 1:6)

      Los dos no solo argumentan su incapacidad de transmitir un mensaje, sino también, se consideran pequeños para una obra tan grande:

  • Moisés argumentó: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? (Shemot 3:11)
  • Jeremías dijo: Soy muy joven (Jeremías 1:6)

     Y por último, sintieron temor de enfrentarse a una autoridad que ejercía dominio. El Eterno les garantiza que estará con ellos:

  • A Moisés El Eterno le dice: Yo estaré contigo (Shemot 3:12)
  • A Jeremías El Eterno le dice: No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte (Jeremías 1:8)

      En nuestra Haftará encontramos el llamado que el Eterno hace a Jeremías, y como este comienza a argumentar, para no aceptar su llamado. No es la primera persona ni la última que tiene un llamado y presenta excusas para no aceptar. Como lo mencionamos antes, Moisés presentó por lo menos cinco excusas, y argumentó con el Eterno para no aceptar el llamado a ser el libertador y caudillo del pueblo de Israel. Jeremías también pone como excusas su edad, su dificultad de expresión, y finalmente su temor a no ser oído por el pueblo. Como lo dijimos antes no son los únicos, dentro de la historia bíblica encontramos a otros personajes, entre ellos, Gedeón.

     "Y el SEñOR lo miró, y dijo: Ve con esta tu fuerza, y libra a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te he enviado yo? Y él respondió: Ah Señor, ¿cómo libraré a Israel? He aquí que mi familia es la más pobre en Manasés, y yo el menor de la casa de mi padre. Pero el SEñOR le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a Madián como a un solo hombre." (Jueces 6:14-16 LBLA)

      Las escusas que presentó Gedeón fueron: su pobreza y su edad. Además su autoestima era baja, y no solo utilizó excusas para huir de su llamado, sino que fue más allá y pidió señales, para saber si en verdad la palabra del ángel del Eterno era cierta y confiable.

      En primer lugar el ángel del Eterno le iba a demostrar que era real, al pedirle que pusiera carne y panes en un piedra, el ángel tocó con su báculo la piedra donde estaba la carne y los panes y ardió en fuego consumiéndolo todo (Ibíd. 6:20-22); Y en segundo lugar, Gedeón utilizó un vellón para confirmar su llamado (6:36-40), hasta que finalmente aceptó y se convirtió en el caudillo y libertador de Israel, salvándolos de sus enemigos.

      Después de exponer estos ejemplos de personajes que al principio rechazaran su llamado, argumentando y excusándose, menester nuestro es reflexionar y responder algunas preguntas:

  1. ¿Ha sentido el llamado del Eterno? ¿Cuál es su llamado?, si su respuesta es positiva y acepta que tiene un llamado entonces, surgen otras interrogantes ¿Cuál es y cómo lo desempeña? ¿Ha sido llamado a ser predicador, maestro, proclamador de la buena nueva, diacono, etc? ¿Lo ha aceptado y lo desempeña diligentemente o solamente lo ha tomado, pero poco o nada le interesa desempeñarlo de una manera óptima?
  2. ¿Cuáles han sido las excusas que hemos presentamos para no servir en la comunidad? Por ejemplo: no puedo servir en la comunidad por mi trabajo ¿Es más importante su trabajo que el servicio al Eterno?, pero seamos un poco bíblicos y digamos que las excusas que presentamos son similares a las de Jeremías y Gedeón: Podemos argumentar con respecto a la edad y decir que somos muy jóvenes o por el contrario decir que ya estamos viejos, o tal vez poner nuestra condición económica como pretexto.
  3. ¿Cuáles han sido nuestros pretextos y escusas para ya no servir después que hemos recibido la investidura ministerial? En los ejemplos de los personajes bíblicos que hemos expuesto, presentaron excusas previas a su ministerios, aunque después cruzaron valles de depresión, lo superaron y se convirtieron en gigantes de la fe. También hemos visto las excusas más comunes de nuestro contexto. Pero ¿qué decir de los pretextos que exponemos para abandonar nuestro ministerio? ¿Por qué lo abandonamos? ¿no llenó nuestras expectativas? O ¿existió alguna fricción con mi estilo de vida? Rabí Shaúl nos enseña algo: "Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Yeshua, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios." (Hechos 20:24 LBLA)

      El Eterno tiene un llamado para cada uno de nosotros, a pesar de nuestras áreas de oportunidad, el Eterno espera de nosotros la misma respuesta del profeta Isaías: "Heme aquí, envíame a mí." (Isaías 6:8)

Bajo las alas de Dios de Israel
Francisco Hidalgo