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Bereshit 18:1-22:24

    El Eterno había establecido un pacto con Abraham Avinu como lo leímos en la Parashá pasada (Lej Lejá); este pacto implicaba por lo menos dos cosas, a saber:

  1. La Tierra: El Eterno había dicho a Abraham que saliera de su tierra y que Él le revelaría a donde tendría que dirigirse. Es muy probable que cuando Dios dice a Abraham que vaya a la tierra que Él le mostrara aun no le había revelado el destino, la ubicación y/o el nombre de la tierra a la cual lo llevaría; pero más adelante la Torá dice que cuando Abraham llegó a la tierra de Canaán, el Eterno se le apareció al patriarca y le dijo: “A tu descendencia daré esta tierra” (Bereshit 12:7).    El Eterno fue muy claro y no había nada más que cuestionar, la tierra que daría por heredad al linaje de Abraham seria la tierra de Canaán. Esa tierra pertenece por decreto Divino a todos los hijos de Abraham; a todos aquellos que tienen la señal del pacto en su carne y que pertenecen al linaje de Abraham, Isaac y Jacob; esto es: la tierra pertenece a todo hijo de Israel tanto al natural como converso (prosélito).  
  2. Una descendencia. Abraham había salido de su tierra y de su parentela a una tierra que el Eterno mostraría y revelaría. La tierra de Canaán seria  la elegida para ser la herencia de la descendencia que el Eterno daría a Abraham. La descendencia hasta este momento histórico era algo que aún no se vislumbraba en el horizonte, solamente había una promesa. A pesar de muchos años de espera, la espera seguía siendo muy incierta, a pesar que en reiteradas ocasiones el Eterno había dicho que vendría.  Y mientras se concretizaba la promesa de un hijo que heredaría el linaje escogido de Abraham; el Eterno había sellado en la carne de Abraham y los suyos la “señal del pacto” entre el Dios Altísimo y la nación que saldría de los lomos del padre de la fe.

        A pesar de ciertas dudas que minaban los pensamientos del patriarca, Dios cumpliría la promesa. A pesar que Abraham fue muy claro al decirle al Eterno que su heredero sería Eliezer el damasceno. El Eterno le dijo que no; no sería un siervo quien heredaría, sino que – Dijo el Eterno – un hijo tuyo será el quien te herede. (Bereshit 15:4)

    Y en todo este contexto el Eterno establece el pacto de la circuncisión (Brit Milá), cambia el nombre de Abram a Abraham, cambia el nombre de su esposa de Sarai a Sara y da la promesa del nacimiento de Isaac. La Parashá pasada finaliza precisamente cuando Abraham es circuncidado junto a toda su casa. Y en este contexto da inicio nuestro estudio de esta semana.


“Y el Señor se le apareció en el encinar de Mamre, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda en el calor del día. Cuando alzó los ojos y miró, he aquí, tres hombres estaban parados frente a él; y al verlos corrió de la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: Señor mío, si ahora he hallado gracia ante tus ojos, te ruego que no pases de largo junto a tu siervo.” (Bereshit 18:1-3 LBLA)

    En esta Parashá podemos ver un acto de hospitalidad sin igual. La descripción de la hospitalidad sería conocida y recordada por su bondad (Jesed); como lo menciona el profeta: “otorgaras la verdad a Jacob y bondad a Abraham” (Miqueas 7:20). Y esta bondad es puesta en práctica cuando tres desconocidos visitan a Abraham Avinu.

    Según la tradición el relato de la Torá comienza en el tercer día después del Brit Milá (1) ahora bien, en este inicio de la porción de esta semana comienza diciendo que Abraham fue visitado por tres ángeles. Según los sabios de Israel, estos tres ángeles eran: Miguel, Gabriel y Rafael. Miguel informo, a Abraham que Sara iba a tener un hijo (v. 14); Gabriel, que destruiría a Sodoma (19:25); y Rafael que curaría a Abraham y salvaría a Lot. (2)

La hospitalidad sin precedentes del patriarca es descrita por la Torá, cuando les ofrece hospedaje y un banquete a los tres forasteros. Pero la Torá no solo describe la hospitalidad y la bondad de Abraham, sino que también; las Escrituras enfatizan: la prontitud y la diligencia, con la cual atiende a sus huéspedes. Abraham se apresuró a saludar sus huéspedes. Como lo describe la Torá: “salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos” (Bereshit 18:2); y con esta diligencia apresuró a Sara: “se apresuró a ir a la tienda, cerca de Sara, y dijo: ¡Toma pronto tres medidas de flor de harina, amásalas y haz tortas!” (Ibíd. 18:6) y también a sus criados: “En seguida, corriendo hacia la vacada, Abraham tomó un becerro tierno y bueno, y se lo dio al mozo, y éste se apresuró a aderezarlo.”  (Ibíd. 18:7).

    Toda esta diligencia por atender a sus huéspedes hizo que se ganara en todo el mundo ser el paradigma de bondad. Como dicen los sabios en el Midrash: “¿Quién hizo Jesed con quienes no lo necesitaban? Fue Abraham Avinu, quien les dio a los ángeles” (Vaikrá Rabá 34:8). Si quisiéramos exponer en orden sistemática la bondad de Abraham podríamos hacerlo en tres puntos:

  1. Había diligencia en su bondad: Corre a saludar y a dar la bienvenida a sus huéspedes, ofrece un banquete a extraños; pero así como corre a saludarlos, así también apresura a su esposa y a sus criados para que se apresuren a preparar todo lo que ha ofrecido.
  2. Ofreció poco y dio mucho. Según los sabios esta es una cualidad única de los tsadikim (justos), como es descrita en el Talmud: “Los justos prometen poco y dan mucho, mientras los malvados prometen mucho y no cumplen ni con lo mínimo.” (3)
  3. Su bondad no solamente era expresada a personas, sino también a pueblos enteros. Es por esa razón que el Eterno lo llama: “Av Hamon Goyim” (Padre de muchas naciones)

Y este tercer punto marcará la partida a un tópico muy interesante, Abraham no solamente se preocupaba por el bienestar de las personas sino también de los pueblos y las naciones. Por ejemplo, cuando el Eterno le dijo que destruiría a las naciones de: Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Zoar, Abraham comienza a interceder y a mediar por ellas, a pesar de que estas ciudades tenían fama de estar lejos de Dios y su comportamiento las había hecho dignas del juicio Divino. Aun así, Abraham intercedió y rogó por ellas. Como un padre intercede por su hijo.

    En la Parashá pasada (Lej Lejá) dijo el Eterno a Abram, que su nombre ya no sería “Abram” sino: Abraham. Porque él sería: “Av Hamon Goyim” (Padre de muchas naciones Bereshit 17:5). En un sentido biológico y de pacto, Abraham es padre de la nación de Israel; pero también es padre de los Ismaelitas (Ibíd. 25:12); y también de los Madianitas (Ibíd. 25:1). En el sentido estricto de pacto, Abraham es el padre de todo judío que este bajo el pacto de la circuncisión:

“Dijo además Dios a Abraham: Tú, pues, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti, por sus generaciones. Este es mi pacto que guardaréis, entre yo y vosotros y tu descendencia después de ti: Todo varón de entre vosotros será circuncidado. Seréis circuncidados en la carne de vuestro prepucio, y esto será la señal de mi pacto con vosotros. A la edad de ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón por vuestras generaciones; asimismo el siervo nacido en tu casa, o que sea comprado con dinero a cualquier extranjero, que no sea de tu descendencia.”  (Bereshit 17:9-12 LBLA)

    Dios cambió el nombre de Abram a Abraham, explicando que este nuevo nombre indica su nueva identidad y misión. El nombre Abraham  significa: Padre de multitudes. Como bien lo describe la Torá, cuando cambia su nombre: “Ya no será tu nombre Abram, sino que tu nombre será Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes” (Bereshit 17:5 RV95) La frase que ha sido traducida como: padre de muchedumbre de gentes, en hebreo es la siguiente: Av Hamom Goyim, que literalmente se podría traducir, como: padre de muchas naciones.

Y en un sentido más amplio no solamente es el padre de muchas naciones, sino el padre de todo el mundo. Como lo interpreta uno de los rabinos de la edad media que hasta nuestros días tiene mucha influencia en la exegesis de la Torá: “Abram indica que solo era padre de Aram, su lugar de origen, aun cuando ahora había pasado a ser padre de todo el mundo.” (4)

    La Torá entonces declara que Abraham es: “Av Hamon Goyim”, el padre de muchas naciones. Los Sabios convirtieron el significado del nombre de Abraham en un acróstico (5). Escribieron cada una de las seis letras hebreas de Av Hamon que indica un aspecto diferente de la posición e influencia de Abraham en el mundo.

        א (Alef) – te he hecho un padre (Av) a las naciones;

        ב (Bet) – Te he hecho elegido (Bachur) entre las naciones;

        ה (Hei) – te he hecho amado (Haviv) entre las naciones;

        מ (Mem) – te tengo un rey (Melekh) para las naciones;

      ו (Vav) – te he hecho ejemplar (Vatik) entre las naciones;

      ן  (Nun) – Te he hecho fiel (Ne’eman) entre las naciones.

Abraham  ocupa  un  lugar  fundamental  en  la  historia  de  toda la humanidad, como los sabios lo han dicho, él es padre de las naciones y ese fue su llamado y el significado de su nombre: ser padre de muchas naciones o como lo menciona Rashí: padre del mundo. Desde la perspectiva apostólica todo creyente en el Dios de Israel que ha sido regenerado por el sacrificio de Yeshua nuestro Mesías es hijo de Abraham según la promesa; hoy en día, en cada nación y pueblo hay creyentes en el Dios de Israel y tienen la misma fe de Abraham: creemos y adoramos al único Dios verdadero, el creador de los cielos y la tierra.

    Abraham es nuestro padre por la fe que hemos depositado en el sacrificio vicario de Yeshúa. Pablo declara que Abraham no solamente es padre de los de la circuncisión (el pueblo judío), sino también padre de “los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia.” (Romanos 4:11 RV95) y sigue diciendo:

“Plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. Por eso, también su fe le fue contada por justicia. Pero no solo con respecto a él se escribió que le fue contada, sino también con respecto a nosotros a quienes igualmente ha de ser contada, es decir, a los que creemos en aquel que levantó de los muertos a Yeshúa, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” (Ibíd. 4:23-25 RV95)

     La fe que tuvo Abraham no solamente era en la promesa que recibiría un hijo y de ese hijo una descendencia tan grande como las estrellas de los cielos y la arena del mar, sino que también “su fe le fue contada por justicia” (Bereshit 15:6; Romanos 4.22). ¿Cuál es la fe que nos justifica delante de Dios? Según lo que acabamos de leer, seria creer:

“en aquel que levantó de los muertos a Yeshúa,  Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” (Romanos 4:25)

    Las escrituras dicen que hemos sido justificados por fe: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios.” (Ibíd. 5:1). Un escritor protestante lo ejemplifica así “Nuestra paz con Dios no es como la que se hace ente dos naciones que antes habían estado en guerra, sino como aquella que se hace entre un rey y sus súbditos rebeldes y culpables. Si nuestros corazones llegan por fin a descansar, es porque Dios, en contra de quien pecamos, ha sido plenamente satisfecho en la cruz.” (6)

   La paz que ahora experimentamos ha sido gracias al sacrificio de Yeshúa quien se entregó por amor a nosotros, él nunca pecó; el no merecía morir. Nosotros nos habíamos revelado en contra de nuestro creador, habíamos pecado en contra de Él y merecíamos la muerte, pues escrito está: “La paga del pecado es muerte” – pero bendito sea el nombre de nuestro buen Dios y padre que habita en las alturas, porque el versículo no termina con esa condena funesta, sino que finaliza con esperanza y con lo que hemos recibido por fe, como sigue diciendo la Escritura – “Pero la dadiva de Dios es vida eterna en el Mesías Yeshúa, Señor nuestro”  (7).   

Notas:

  1. Midrash HaGadol 18:1
  2. Rashí, Comentario a la Parashá Vayerá
  3. Babá Metsia 87ª
  4. Rashí, comentario de Bereshit 17:5
  5. Shabat 105ª
  6. William R. Newell, Romanos versículo por versículo, Pág. 133
  7. Romanos 6:23

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